Fuerte de el Tolmo

fuerte de el tolmo

Resulta invisible para quien no conoce su ubicación exacta pues la acción del hombre, que lo levantó para luego destruirlo, y el paso del tiempo y el olvido han convertido la vieja fortaleza en un muñón de tierra que se asoma sobre el mar, a medio camino entre las ciudades de Algeciras y Tarifa, entre la Piedra José Mari y la del Boquete. En la foto, hecha en una primavera en la que los jérguenes  florecieron con especial vitalidad vistiendo de amarillo oro toda la costa norte del Estrecho, pueden verse sus restos en la parte superior izquierda, sobre un promontorio rocoso.
Antes, esos lugares ahora abandonados, tuvieron una intensa actividad relacionada, como no, con la vigilancia y guarda del Estrecho, formando parte de ellas las abundantes torres que se recortan sobre los cerros más elevados de la costa. El fuerte fue una construcción dieciochesca pensada tanto para contribuir al control sobre la colonia británica de Gibraltar como para facilitar los abastecimientos y la comunicación con Ceuta, ya que el enclave de El Tolmo es un lugar idóneo para cruzar en velero a la ciudad española en el norte de África con vientos del través. Igualmente y en tiempos de guerra, que en aquella centuria fueron casi todos, contribuyó junto a otros fuertes costeros como el de San Diego, en Cala Arenas, y el de la punta de San García a proteger la navegación costera tanto de los pequeños barcos que transportaban sus mercancías en navegación de cabotaje, como a prestar ayuda a aquellos barcos españoles o neutrales que, acosados por la Royal Navy, buscaban la protección de los cañones de estas baterías de costa, sin olvidar que al amparo de su artillería navegaron convoyados muchos  corsarios españoles y numerosos barcos mercantes entre Cádiz y Algeciras.
Su vida no fue muy larga. La invasión francesa en 1808 dio a los británicos la excusa imprescindible para, en aras de la alianza firmada con España frente al francés, hacer saltar por los aires, hacia 1810, toda fortificación española aduciendo que con ello se evitaba que los franceses se apoderaran de ellas. Cuanta razón tenía aquel refrán ilustrado que en aquellos tiempos corría de boca en boca y que decía que los enemigos de España eran tres: la religión, el turco y el inglés.
Hoy  la ensenada del Tolmo es un lugar tranquilo y olvidado, pescadores, submarinistas, algunos excursionistas por tierras y algunos piragüistas por mar se atreven a interrumpir  el silencio de las viejas ruinas,  aunque hasta no hace mucho la playa pedregosa que flanquea los restos y los arrecifes de toda aquella costa se adornaban con las cuadernas de las pateras naufragadas y las ropas mojadas de los ahogados de estos tiempos de miseria.
Mario Ocaña