Torre de Guadalmesí

torre de guadalmesí

Para alcanzar su base es preciso ascender desde las profundidades oscuras del Estrecho o dejarse caer desde las nubes que coronan los montes de la Sierra de la Luna, donde viven el alcornoque, el madroño, el corzo y la gineta. Enrocada  sobre un muñón de roca salediza, en lo alto de una plataforma de abrasión marina, los perfiles de la torre vigía de Guadalmesí se recortan sobre el litoral más extremo del sur de Andalucía. La flanquean la mar, el cielo, el paisaje de fondo de un continente azul-al otro lado- y las aguas de un río que desciende desde los bosques de niebla, que en la lengua que hablaban los musulmanes que antes vivían en estas tierras significa río de las mujeres. En su nacimiento, en las alturas de El Palancar y el Tajo de las Escobas pastan ovejas de largas guedejas y el viento de levante esculpe las formas de los quejigos hasta transformarlos en banderines y gallardetes verdes. La torre, como todas las que se yerguen en esta tierra de fronteras de mundos, se encuentra a medio camino entre la mar y el cielo. Torreros y vigías, cuyos nombres ha olvidado la historia escrita, otearon desde sus almenas el ir y venir de las velas en el horizonte marino, la navegación lineal de las gaviotas en el aire cristalino del viento del norte, el color y las formas de las nubes que presagiaban bonanzas o temporales y el nacer y el morir del sol que describía todos los días sobre sus cabezas un arco cambiante según la época del año. Levantada por ingenieros militares al servicio del rey a partir del siglo XVI, sirvieron para dar la alarma y avisar de la presencia de moros en la costa, es decir, de piratas berberiscos que durante siglos asolaron las costas del Estrecho. Por medio de hogueras y señales alertaban del peligro, protegían a los vecinos que vivían dispersos por el campo y evitaban que muchos de ellos acabasen sus vidas en los baños de Argel, convertidos en cautivos esclavos sin esperanza de rescate.
La vieja torre presenció naufragios, seguramente asaltos de enemigos y el paso del tiempo y de los vendavales que fue grabando sobre su piel de piedra las marcas del tiempo, de la misma forma que las arrugas delatan la edad en los rostros de los hombres.
Hoy forma parte de un conjunto de torres almenaras que se extienden por toda la costa española, recuerdo de unos tiempos de guerra fronteriza. Desde su cima se contempla al suroeste la isla de Tarifa, al sur Marruecos y al este, sobre los montes de Getares, la maltrecha torre del Fraile, hermana suya aunque en peor estado de conservación. A sus pies ha crecido con el tiempo un pequeño poblado, rico en feraces huertos que riega el río y en explotaciones ganaderas. Tan ricas como las huertas, es el mar que rompe contra su base. En los atardeceres es frecuente contemplar las siluetas oscuras de pescadores de caña recortándose sobre el sol poniente. La torre, enorme, enhiesta, vigilante se deja acariciar por la luz de la luna que abre caminos de plata en la mar en la que todo cambia al instante.            
 
Mario Ocaña