LA ÚLTIMA MORADA PDF Imprimir E-Mail

La última morada

Dudo si fue el Enano de El Pardo, El Tracatrá o Perico el de los Palotes, quien dijo eso de que la muerte es una vulgaridad. Lo que sí es cierto es lo que añadió El Rasque: “Es tan vulgar, que maldita la gana que tengo de morirme. Por eso me fumo tres paquetes de Celtas cortos, porque según don Patricio, mi médico de cabecera, el tabaco mata lentamente. Y yo, como no tengo ninguna prisa por morirme...” De todas formas, a cada hijo de vecino le llega su Sanmartín disfrazado de espectro y armado con una guadaña, segando por doquier sin hacer distingos. Lo mismo sube a los palacios que baja a las cabañas. Ahora allana la morada de cualquier Boeing que vuela a tres mil pies, que otrora se soterra en una mina en forma de grisú, o igualmente acecha en mares y océanos. Luego instiga a Eolo para que haga una de las suyas... Acá aliándose con Vulcano y acullá aconchabándose con Poseidón o Neptuno, que tanto monta. Al final todos iguales, aunque sean distintas las tumbas o los mausoleos. Pero como la moda no incomoda, últimamente se viene prodigando desintegrarnos en forma de cenizas para luego esparcirlas por las verdes campiñas o por la mar en calma o procelosa.
Otros opinan que no hay duda, por vulgar que sea, que el morir es el acto más serio de nuestras aperreadas vidas; y aunque a los muertos les dé igual, a los que tenemos la vieja costumbre de vivir se nos llena el ánimo de tristeza cada vez que acudimos a los camposantos.
Suele ser por el día de Todos los Santos (Tosantos), cuando remozamos las flores que ornan la última residencia de nuestros difuntos (quien garabatea lo hace todos los jueves). Cada tiempo tiene su lugar, y puede ser bueno pensar que algún día engrosaremos esa comunidad de vecinos, a no ser que nuestra última voluntad sea la de dejar esparcidas por este perro mundo nuestras partículas o moléculas en forma de cenizas. Con este postrero acto se vendrá abajo nuestro absurdo orgullo de pequeños seres enloquecidos por la ambición.
Los cementerios de nuestra comarca lo son sin grandes pretensiones, pero eso sí, muy bien cuidados donde acudimos a ellos a pie de nicho para adornar la lápida y tal vez musitar una oración. Otros, ni eso siquiera porque no creen en el Más Allá, pero quedan reconfortados al saber que allí están los restos de la persona que un día no muy lejano en el pretérito te alegró la vida al hacerte compañía.
Reconozcamos que nada tienen que ver nuestros camposantos con esos otros en los que abundan las estatuas, como el de Génova en Italia, que se muestra a los turistas como un aliciente más de la hermosa ciudad. O como el romántico cementerio que surge en la laguna veneciana, a donde llegan las fúnebres góndolas... O aquellos de ciudades cultas tan verdes y limpias que más bien parecen campos de golf, donde la estética no esta reñida con bellos epitafios esculpidos en el frío mármol y donde se puede leer: “Todo desaparece, todo pasa, solo el tiempo dura”. Otros no tan sentenciosos como el inscrito en una lápida en un cementerio de Los Ángeles, California, USA: “Aquí no yace nadie ¿Y por qué no yace? ¡Porque no nació ¿Y por que no nació? Porque su padre usaba preservativos Victoria”. Fíjese el lector hasta dónde llega la publicidad y el cinismo yanqui. Otro epitafio más romántico es el de Groucho Marx: “Perdone que no me levante” ...Y esos cementerios pueblerinos, blancos y pequeños situados al pie de una colina y rodeados de cipreses que montan guardia permanente, compañeros del sol, del aire y de la lluvia. Y por contrapartida, uno de los cementerios de El Cairo, en ese país africano que es Egipto, habitado por miles de parias que viven entre tumbas destruidas... O como el de Manila, en las islas Filipinas, donde la muchedumbre ha convertido los mausoleos en ciudad dormitorio entre millones de cadáveres.
Son varios los conceptos que sobre la muerte tenemos, aunque está claro que a la gran mayoría sí le preocupa que la última morada sea un lugar digno para sus seres queridos.
-¡Adiós!- dijo el vivo al muerto.
-¡Hasta luego!- respondió el muerto.
-Tovadí Dafalico -me dijo un día El Rasque-, por el día de los santos acostumbro a visitar los cementerios allí donde esté; y he observado que hay muchas tumbas, y todas lujosas, con los mismos nombres y apellidos... en Alicante, en Almería, en Huelva, en Motril, en Málaga...
No tuve más remedio de sonreírme. Pues se trataba de José Antonio Primo de Rivera.           
Rafael Montoya
 
 
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