di treinta y tres
Pudiera ser, aunque no lo creo, que en el litoral de nuestra piel de toro haya habido un caso parecido al de El Rasque. Me estoy refiriendo a la edad de su jubilación oficial, porque como es obvio, aun siguió en el tajo extraoficialmente cuatro años más. Sería capaz de apostar a que no existe tal emulación en el gremio de pescadores, porque mi tovarich se jubiló cuando cumplió el número erótico en años. Y no lo hizo por ignorancia, sino porque según él, se encontraba más fresco que una lechuga. Puedo dar fe de ello.
A pesar de que a veces le decía que ya era hora de dejar el charco, tampoco quise insistirle mucho por aquello de que pudiera interpretarlo como que lo quería despedir. No era ésta la cuestión; simplemente era que se merecía “disfrutar” de la tierra los años que le quedaran de estar en ella. Tendría que haber hecho como lo hace casi todo hijo de vecino en nuestro colectivo. O sea; jubilarse a la edad pertinente de los sesenta y cinco otoños, para cobrar la mísera jubilación que era habitual en los pescadores y seguir faenando a bordo de cualquier bote pescando a los pulpos o a las brecas sin salir de nuestra bahía.
Tuvo que ser Pedro Cózar, a la sazón cajero de la Cofradía de Pescadores, quien lo convenció para que dejara ya la mar, al menos oficialmente. Consejo que no cayó en saco roto.
Recuerdo una vez más a los lectores que El Rasque tenía un pequeño defecto de pronunciación: la “erre” la decía “edde”, además de su habitual ceceo, comiéndose las “eses” y los verbos terminados en “ado e ido”, como buen andaluz que era. Ahora, cuando decía ciento cincuenta acertaba plenamente, pero no cuando decía eddan cei ceñore mu cerio (eran seis señores muy serios)... o ciete peceta.
Estando éste que subscribe al servicio de la Cofradía de Pescadores, mi tovarich ya estaba jubilado. Y cuando venía a cobrar el dinerillo para tabaco que dábamos mensualmente a los pescadores pensionistas o a sus viudas, pasaba al despacho a saludarme. Y si había “moros en la costa”, tenía la santa paciencia hasta que la costa estuviera despejada. Entonces entraba sin pedir permiso, porque no lo necesitaba. Después de los saludos de rigor, se explayaba contándome los chascarrillos que le pasaban en el cotidiano vivir en esta puta tierra. A quien no haya trabajado con este viejo lobo de mar, o no lo haya conocido a fondo, daba la impresión de ser una persona zafia y huraña. Nada más lejos de la realidad; pues las apariencias a veces engañan, y éste es uno de los casos.
Jamás estuvo enfermo, pero últimamente se volvió achacoso, pues la edad no perdona... y no tuvo más remedio que someterse y frecuentar a los “médicos de la Cofradía”, que en realidad eran los galenos del Instituto Social de la Marina, trabando amistad con su médico de cabecera, don Manuel Patricio Herrera. Todos sabemos como son los médicos de la SS, que en menos que canta un gallo dicen ¡Que pase el siguiente! Pero don Patricio cuando cogía a El Rasque por banda se tiraba más de un cuarto de hora con él. Esta actitud dio lugar a que los pacientes que guardaban cola criticaran tal proceder y fuera la comidilla...Que si las merluzas y los cachos de agujas palá hacen milagros...que si los cartones de “güiston” bajo cuerda... Que si pitos o que si flautas. Nada de eso era verdad. Lo cierto es que cada vez que entraba mi tovarich a consulta, un par de chascarrillos tenía que contar a petición del galeno.
Un día estando don Patricio auscultándolo y siendo sabedor del defecto en la pronunciación, le dijo: di treinta y tres.
-Teinta y té- dijo El Rasque.-
-Ahora di trescientos treinta y tres.
-Teciento tentaité- replica mi tovarich.
-Ahora dime- insiste el galeno- tres mil trescientos treinta y tres.
-Temí, teciento teinta y té.
-Está bien, pero respira hondo y dime tres millones, trescientos treinta y tres mil, trescientos treinta y tres.
¡Don Paticio!.. etoy ata lo cojone...¿Le da iguá que eza cantidá ze la multiplique po dó?... Y sin epedá depueta le decité: Cei millone, ceiciento cecenta y cei mí, ceiciento cecenta y cei.
Que yo recuerde, paciente lector, esa anécdota fue la última que me contó, pero con esto no quiero decir que no siga contando Las cosas de El Rasque.
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