mercado torroja
Supongo que todos tenemos un espacio en el recuerdo. Un espacio físico y concreto, y al mismo tiempo recóndito, imaginario y casi perdido, que, de vez en cuando aparece en la memoria sin que nadie lo llame, pero que cuando esto sucede, es bien recibido porque nos llena la cabeza de aromas, sensaciones, voces, recuerdos, personas, edificios y demás elementos de los que forman la tramoya de los recuerdos que proceden de la infancia. En ciudades como Algeciras, donde la desidia, el interés, la especulación urbanística, la incultura, la ambición y otras calamidades han borrado, casi por completo el paisaje arquitectónico de la infancia de muchos, es siempre un consuelo tener alguna referencia que permita situar, en un espacio no destruido, los viejos recuerdos. En nuestra infancia los inviernos –así los recordamos– eran largos, interminables y lluviosos. El entorno del mercado Torroja era ese territorio en el que empezábamos a asomar la nariz tímidamente al mundo exterior. Ese mundo empezaba en la esquina de la Cervecería Universal y acababa, tras atravesar la calle Castelar, en el Mercado Torroja, al que todos llamábamos la plaza. Hasta allí nos asomábamos cuando las lluvias desmadraban el río de la Miel, entonces poderoso, y sus aguas recuperaban lo que hacía muchos años debieron ser marismas o llanuras, e inundaban la plaza hasta la acera de Café Bohórquez, otro lugar entrañable, tristemente sustituido por un insulso aparcamiento.
Las botas de agua eran prenda obligada para vadear aquel lago urbano en el que –cosas de chiquillos– nos imaginábamos a todas las fieras que aparecían en los tebeos del Jabato o El Capitán Trueno, que tantas veces cambiábamos en un local de aquella plaza, que aún, y a pesar de los cambios, conserva lo más importante de su fisonomía arquitectónica gracias a que el edificio es una verdadera obra maestra de la arquitectura nacional y la itinerante manera de ser de sus puestos de quita y pon que vienen a ser una de las escasas señas de identidad de ésta ciudad destartalada y carente de armonía.
La plaza hoy sigue estando llena de personajes peculiares, irrepetibles. Vendedores con arte, camareros con estilo, churreros que dibujan con la masa sobre el aceite, cerrajeros capaces de solucionar cualquier problema de aperturas, afiladores que sacan chispas de fuego sobre las piedras circulares, floristas que realizan composiciones florales exquisitas, verduleros que exhiben sus mercancías multicolores y que, salvando el tiempo, la distancia y los cambios, representan uno de los modos de vida más tradicionales, auténticos y genuinos de la ciudad. Uno de los pocos espacios en los que los viejos recuerdos se encuentran con la viva realidad.
|