hotel reina cristina
Contiene todos los ingredientes necesarios para hacerlo escenario de una novela negra centrada en los decadentes años veinte, en la que hermosas mujeres de medias negras, tacón alto y boquilla infinita atraviesan patios decorados con palmeras y aspidistras y jardines en los que la luz de una luna redonda y brillante, además de reflejar destellos de plata sobre las aguas de una bahía azul de terciopelo, recorta siluetas de hombres oscuros que fuman escondidos bajo dinteles de los que cuelgan racimos de glicinias, a la espera de un beso encadenado que surge de los labios del amor imposible de sus vidas repletas de pasión, intriga y aventuras. Los parterres, marchitos en invierno, perdido el cromatismo de las flores, recuerdan los pasos perdidos en los tiempos felices del malhadado Lorca que disfrutó de los paisajes de la bahía, cuando el hotel limitaba con el horizonte azul del mar y una playa de arena blanca lamía sus cimientos de ladrillo y estuco. El poeta, cuyos restos siguen ahora más desaparecidos de lo que lo han estado en los últimos setenta años, va camino de dejar de ser un símbolo y transformarse en mito orlado de misterio, como el que envuelve uno de los garabatos que, junto a recepción, grabado en una placa de latón recoge la firma de otro famoso huésped del hotel: el rey destronado Alfonso XIII. Nada tendría de extraño su visita pues en los años veinte y treinta el Cristina era uno de los mejores, y escasos, hoteles de Andalucía. La intriga se despierta cuando junto al nombre se lee la fecha: 1937. Hacía seis años que la llegada de la Segunda República destronó al rey, pero se hallaba en la ciudad en el 37, en plena guerra civil. Un misterio que añade más encanto si cabe al histórico y encantador edificio algecireño. Viejo hotel lleno de resonancias, presencias y recuerdos. Dicen que en los elegantes sillones de su patio central
--tan alto, tan luminoso, tan esbelto-- quizás en esos mismos sillones en los que cualquiera puede tomar asiento ahora, se discutieron planes secretos y estrategias militres para tomar Gibraltar a la fuerza de cañonazos y que en los elegantes bailes de gala --ellas de traje largo, ellos de traje oscuro y pajarita-- se rozaron, hombro con hombro, las mas elevadas inteligencias del espionaje internacional de los años en que la sombra del Tercer Reich angustiaba a los pueblos de Europa con las más delicadas bellezas femeninas llegadas desde cualquier rincón del mundo.
Ya no se ven espías, ni reyes, ni poetas en sus salones mucho tiempo silenciosos. El tiempo ha hecho surgir edificios de hormigón que han roto su horizonte de delicada belleza y solo esporádicamente suena la música en vivo de alguna orquesta, pero el viejo hotel conserva el encanto de antes, como aquellas obras de arte, aquellos vinos o aquellos rostros humanos a los cubre la pátina del tiempo con una veladura de belleza.
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