Isla de las palomas PDF Imprimir E-Mail

isla de las palomas

Casi a tiro de piedra de la costa, más allá del faro de Punta Carnero, el islote se recorta oscuro y áspero contra el azul cobalto del mar que lo rodea y, al otro lado del Estrecho, contra la silueta de la Mujer Dormida y la mole enorme del Yebel Muza. Deshabitado por los humanos, salvo por algunos pescadores de caña que de vez en cuando lo toman al asalto, es lugar de residencia de numerosas aves marinas. Las gaviotas lo utilizan como atalaya desde la que vigilan a las embarcaciones que se aproximan y también como lugar de nidificación de sus polluelos. En sus perfiles recortados es fácil distinguir la adusta silueta de los cormoranes secándose al sol después de alguna inmersión a la búsqueda de peces en las transparentes aguas que cercan el islote. Las aves son responsables de la escasa vegetación que, más en primavera que en verano, embellece el escollo con tonos verdes y destellos amarillos que agosto transforma en paja seca. Los temporales de otoño rompen contra ella sepultándola en espuma, aunque siempre vuelve a la superficie como si la fuerza del mar no pudiese contra ella. Dicen, algunos que saben de las cosas antiguas, que contra a este islote y a los arrecifes que lo cercan por el oeste, se hicieron astillas muchos mercantes y que muchos veleros cargados de azúcar, tabaco y café, procedentes del Caribe, dieron con sus cuadernas en el fondo de cascajo y piedra  donde habitan el pulpo y la morena; otros, que conocen historias mucho más antiguas que han leído escritas con letras enigmáticas sobre las rocas, dicen que los navegantes de la antigüedad llamaron Cúcalis a este islote y que, por algún motivo que resulta difícil entender, lo consideraron un lugar mágico o divino, en el que arrojaban ofrendas al mar para conseguir que las mareas y los vientos les fueran favorables en sus travesías.
Los perfiles rocosos del islote son, desde luego, interesantes. Dicen, los que han navegado en sus proximidades, que algunas rocas parecen talladas por la mano del hombre y hay quien se atreve a comentar en voz alta que cuando el sol se pone y los últimos rayos, casi horizontales y rojos, iluminan los farallones de piedra, se distinguen cabezas enormes esculpidas --no se sabe si por los golpes continuos de la mar brava-- que se parecen mucho, según unos, a los enormes moais de la isla de Pascua y, según otros, a las figuras de las estelas aztecas de los dioses de la guerra.
Un viejo marinero, conocedor de historias y leyendas, contaba que cuando la mar encalma en los días en que un viento deja paso a otro, se confunden en uno, al atardecer, la mar y el cielo. El islote y la punta oeste de Cala Arenas, donde se levanta la torre del Fraile, se convierten en la única referencia para el marino. En esas circunstancias, decía el marinero, la isla y la torre parecían las puertas del paraíso.
Mario Ocaña
 
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