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castellar de la frontera
Subir hasta el pie de sus murallas se
hace cansado incluso en nuestros días. Siempre me he
imaginado a los que habitaron intramuros de la fortaleza en otro
tiempo, subiendo cargados de leña, arreando borricos y
acémilas cuesta arriba o, en caso de guerra, apencando
peñas arriba con cota de mallas, yelmo y armadura. Hasta
no hace tanto tiempo la vieja fortaleza musulmana, que
después fue castellana por conquista, estuvo poblada por
la gente del castillo. Las noches se iluminaban a base de
petromanes y candiles alimentados por queroseno, las cocinas
funcionaban con carbón de alcornoque y quejigo y las
casas se llenaban con esos contraluces violentos y
claroscuristas que recordaban los cuadros tenebristas de Caravaggio,
mientras en la calle la oscuridad borraba el paisaje salvo que
alguna bombilla titilase en el centro de la pequeña
plaza de armas, empedrada a base de guijarros de río. En
las casas había utensilios de siempre y fotos antiguas
llenas de rostros hieráticos. En algunas se podía
reconocer a los miembros de la nobleza, propietarios de la
fortaleza y el latifundio, entre muchas otras personas
ataviadas con arreos de caza y montería. Todo aquel mundo comenzó a desaparecer
-aunque algunos aguantaron arriba hasta el final- en torno a
los sesenta del siglo pasado, cuando la construcción del
pantano del Guadarranque dio lugar al traslado de los habitantes del pueblo antiguo al
Pueblo Nuevo, situado en el llano de la Almoraima y desde
donde, sin duda con nostalgia, debieron contemplar desde abajo
la silueta del castillo recortada en los atardeceres entre
cuyos muros había transcurrido sus vidas y las de sus
antecesores durante siglos. El castillo no llegó a despoblarse por completo y
mientras en el valle sonaba el repiqueteo de la dinamita, el
ruido de los camiones transportando materiales y el de los
hombres trabajando en la construcción del lago artificial,
poco a poco fueron estableciéndose en él gentes
procedentes de diversos lugares que en unos casos
reconstruyeron casas e incluso restos del castillo que, de no
haber sido así, habrían acabado por los suelos.
Hoy la fortaleza se perfila sobre el cielo en lo alto de un otero rocoso desde
el que se domina gran parte del Campo de Gibraltar, las costas
de la bahía de Algeciras y el paso del Estrecho. Desde
allí se vislumbra, además, la zona más
meridional del enorme bosque de Los Alcornocales, el valle del
Guadiaro, hasta que la vista se pierde, por encima de Jimena,
hacia la reseca y metálica Serranía de Ronda. No es
difícil contemplar desde las almenas del castillo el
vuelo pausado de los buitres leonados y ver el grácil
aleteo de los halcones primilla que anidan en los huecos de sus
muros centenarios. Hoy la vieja fortaleza se ha convertido en un espacio de
encuentro y en una de las señas de identidad
característica de esta Comarca.
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Mario Ocaña |
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