septiembre09 PDF Imprimir E-Mail

castellar de la  frontera

Subir hasta el pie de sus murallas se hace cansado incluso en nuestros días. Siempre me he imaginado a los que habitaron intramuros de la fortaleza en otro tiempo, subiendo cargados de leña, arreando borricos y acémilas cuesta arriba o, en caso de guerra, apencando peñas arriba con cota de mallas, yelmo y armadura. Hasta no hace tanto tiempo la vieja fortaleza musulmana, que después fue castellana por conquista, estuvo poblada por la gente del castillo. Las noches se iluminaban a base de petromanes y candiles alimentados por queroseno, las cocinas funcionaban con carbón de alcornoque y quejigo y las casas se llenaban con esos contraluces violentos y claroscuristas que recordaban los cuadros tenebristas de Caravaggio, mientras en la calle la oscuridad borraba el paisaje salvo que alguna bombilla titilase en el centro de la pequeña plaza de armas, empedrada a base de guijarros de río. En las casas había utensilios de siempre y fotos antiguas llenas de rostros hieráticos. En algunas se podía reconocer a los miembros de la nobleza, propietarios de la fortaleza y el latifundio, entre muchas  otras personas ataviadas con arreos de caza y montería. Todo aquel mundo comenzó a desaparecer -aunque algunos aguantaron arriba hasta el final- en torno a los sesenta del siglo pasado, cuando la construcción del pantano del Guadarranque dio lugar al traslado de los habitantes del pueblo antiguo al Pueblo Nuevo, situado en el llano de la Almoraima y desde donde, sin duda con nostalgia, debieron contemplar desde abajo la silueta del castillo recortada en los atardeceres entre cuyos muros había transcurrido sus vidas y las de sus antecesores durante siglos. El castillo no llegó a despoblarse por completo y mientras en el valle sonaba el repiqueteo de la dinamita, el ruido de los camiones transportando materiales y el de los hombres trabajando en la construcción del lago artificial, poco a poco fueron estableciéndose en él gentes procedentes de diversos lugares que en unos casos reconstruyeron casas e incluso restos del castillo que, de no haber sido así, habrían acabado por los suelos. Hoy la fortaleza se perfila sobre el cielo en lo alto de un otero rocoso desde el que se domina gran parte del Campo de Gibraltar, las costas de la bahía de Algeciras y el paso del Estrecho. Desde allí se vislumbra, además, la zona más meridional del enorme bosque de Los Alcornocales, el valle del Guadiaro, hasta que la vista se pierde, por encima de Jimena, hacia la reseca y metálica Serranía de Ronda. No es difícil contemplar desde las almenas del castillo el vuelo pausado de los buitres leonados y ver el grácil aleteo de los halcones primilla que anidan en los huecos de sus muros centenarios. Hoy la vieja fortaleza se ha convertido en un espacio de encuentro y en una de las señas de identidad característica de esta Comarca.
Mario Ocaña
 
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