san isidro, un espacio para la poesía
Justo en la frontera entre la recoleta
iglesia de San Isidro por donde todavía pasea la sombra
de don Manuel Marías y el bar de Pepe Troya con su
propio santoral laico colgando de las paredes, Algeciras guarda
cada año un espacio para la poesía.
En la plazoleta a cuyo babor abrió
Galería 26, el primer espacio de arte que
inauguró en los años 70 Rafael García Valdivia, y en donde se concentró la movida local en
torno al umbral de los 80, Izquierda Unida viene convocando una
lectura poética como inicio del curso político:
esta vez, tendrá lugar el próximo viernes
día 4, como homenaje póstumo a dos de quienes
fueron sus asiduos, José
Luis Tobalina y Rafael Viso. Ambos
acudieron a dicho enclave el año pasado para rendirle a
su vez tributo a Julia Guerra, otra vieja alumna de este encuentro que
pretende demostrar que nunca, a pesar de los pesares y de las
muertes tempranas, corren malos tiempos para la lírica.
Desde que se viene convocando estas
lecturas, se ha rendido homenaje a poetas de tan diverso calado
como Blas de Otero, Bertolt Brecht, Pablo Neruda, Ángel
Figuera Aymerich o
Ángel González. La fórmula es sencilla: el
relente nocturno, un puñado de sillas, un breve
escenario, un atril y una serie de escritores, de lectores, de
músicos o de cómplices que va turnándose
en escena, entre ladridos de perros y el griterío
habitual de la chiquillada vecina.
Más allá de las diferencias
políticas o incluso de las diferencias personales,
allí corre el aire fresco de esa rara convicción que a menudo nos
lleva a concluir que son más las cosas que nos unen que
las cosas que nos separan. Viene a ser, en gran medida, un
homenaje permanente a lo mejor que encierra este territorio,
que a más de algunos de los escritores que han ido
pasando por esa tribuna, nos reconcilia con un inconsciente colectivo que nos lleva a todos hasta una noche que pasamos a
orillas del río de La Miel a despecho de los censores hasta las tertulias
decimonónicas de doña Emilia Danero, el pulso
ardiendo de Adolfo Sánchez
Vázquez, la bahía
hecha sonetos de José Luis
Cano, los trabajos forzados de Leopoldo Urrutia, el
romance urgente de Gabriel Baldrich, la anarquía doméstica de Gabriel de Anzur, lo
mejor de Lola Peche y de su hijo Juan
Luis Romero, las rimas de Antonio Sánchez Campos, el quiosco de Daniel
Florido donde no sólo se
intercambiaban tebeos sino belleza, la palabra comprometida
siempre de Manuel Fernández
Mota, que les sobrevive, la memoria
de Luis Carlos Gutiérrez
Alonso, las voces desterradas o
transeúntes de Tito Muñoz, de Teresa Vázquez, de Rosa Romojaro, de José
Lupiáñez, de Manuel Jesús Ruiz Torres, de Miguel Angel
García Argüez, de Jorge Urrutia, de Cecilia Quiles, de Jenaro Talens, de Soledad Iranzo y
de tantos otros.
No sería mala cosa regresarles,
reunirles algún año en torno a ese aquelarre poético en donde tendrían que arder las ideas
brujas, los sambenitos de la inquisición y esa realidad
tan poco poética el resto del tiempo.
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