septiembre09 PDF Imprimir E-Mail
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san isidro, un espacio para la poesía

Justo en la frontera entre la recoleta iglesia de San Isidro por donde todavía pasea la sombra de don Manuel Marías y el bar de Pepe Troya con su propio santoral laico colgando de las paredes, Algeciras guarda cada año un espacio para la poesía.
En la plazoleta a cuyo babor abrió Galería 26, el primer espacio de arte que inauguró en los años 70 Rafael García Valdivia, y en donde se concentró la movida local en torno al umbral de los 80, Izquierda Unida viene convocando una lectura poética como inicio del curso político: esta vez, tendrá lugar el próximo viernes día 4, como homenaje póstumo a dos de quienes fueron sus asiduos, José Luis Tobalina y Rafael Viso. Ambos acudieron a dicho enclave el año pasado para rendirle a su vez tributo a Julia Guerra, otra vieja alumna de este encuentro que pretende demostrar que nunca, a pesar de los pesares y de las muertes tempranas, corren malos tiempos para la lírica.
Desde que se viene convocando estas lecturas, se ha rendido homenaje a poetas de tan diverso calado como Blas de Otero, Bertolt Brecht, Pablo Neruda, Ángel Figuera Aymerich o Ángel González. La fórmula es sencilla: el relente nocturno, un puñado de sillas, un breve escenario, un atril y una serie de escritores, de lectores, de músicos o de cómplices que va turnándose en escena, entre ladridos de perros y el griterío habitual de la chiquillada vecina.
Más allá de las diferencias políticas o incluso de las diferencias personales, allí corre el aire fresco de esa rara convicción que a menudo nos lleva a concluir que son más las cosas que nos unen que las cosas que nos separan. Viene a ser, en gran medida, un homenaje permanente a lo mejor que encierra este territorio, que a más de algunos de los escritores que han ido pasando por esa tribuna, nos reconcilia con un inconsciente colectivo que nos lleva a todos hasta una noche que pasamos a orillas del río de La Miel a despecho de los censores hasta las tertulias decimonónicas de doña Emilia Danero, el pulso ardiendo de Adolfo Sánchez Vázquez, la bahía hecha sonetos de José Luis Cano, los trabajos forzados de Leopoldo Urrutia, el romance urgente de Gabriel Baldrich, la anarquía doméstica de Gabriel de Anzur, lo mejor de Lola Peche y de su hijo Juan Luis Romero, las rimas de Antonio Sánchez Campos, el quiosco de Daniel Florido donde no sólo se intercambiaban tebeos sino belleza, la palabra comprometida siempre de Manuel Fernández Mota, que les sobrevive, la memoria de Luis Carlos Gutiérrez Alonso, las voces desterradas o
transeúntes de Tito Muñoz, de Teresa Vázquez, de Rosa Romojaro, de José Lupiáñez, de Manuel Jesús Ruiz Torres, de Miguel Angel García Argüez, de Jorge Urrutia, de Cecilia Quiles, de Jenaro Talens, de Soledad Iranzo y de tantos otros.
No sería mala cosa regresarles, reunirles algún año en torno a ese aquelarre poético en donde tendrían que arder las ideas brujas, los sambenitos de la inquisición y esa realidad tan poco poética el resto del tiempo.
Juan José Téllez
 
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