punta
carnero
Contempló, sin ninguna duda, el
periplo de aquellos primeros, y osados, navegantes que pasaron
del mar interior al océano ignoto, navegando de cabotaje
por unas aguas que, según contaron después en sus
cuadernos de bitácora, se hallaban repletas de sirenas, tritones y
otros monstruos marinos.
En otros amaneceres más
tardíos, las aguas bullentes de espuma avisaron a los
hombres de la costa del tránsito de aquellos inacabables
cardúmenes de atunes que, según la época
del año, cruzaban de la mar al océano y
viceversa, llenando las redes de los pescadores con dracmas y
denarios de plata romana. Tantos eran los peces que
algún escritor romano dijo que saciaban sus hambrientos
buches con las bellotas que arrojaban al mar los alcornoques
inmensos que orlaban las dos orillas del Estrecho.
Punta Carnero es incluso más
antigua que el propio Hércules. Las huellas de su esfuerzo titánico
aún permanecen grabadas en los estratos de piedra
retorcida sobre los que la Tierra se levanta de las aguas y que sólo
desde la mar pueden contemplarse, especialmente con la luz de
las primeras horas de la mañana.
Los arrecifes que forman la Punta - entre
los que destaca el perfil de El
Narigudo --un rostro humano que
mira eternamente el cielo cincelado a golpes de mar--
contemplaron el paso de escuadras que trajeron a Europa
ejércitos africanos que, además de los tambores
de guerra y una nueva religión, llevaban en sus alforjas
el arte de la música de Oriente y el secreto de la
decoración con lacerías y atauriques y, mucho
más tarde, el de escuadras europeas que cerraron el paso
definitivamente a la media luna para imponer la cruz y el
hisopo al norte de la frágil línea de mar que
separa los mundos y los dioses.
Luego se levantaron torres que dieron la
alarma ante el paso de escuadras berberiscas o inglesas, que tanto
a unos como a otros se les temía por estas tierras
más que a una vara verde, y cuando por fin los ingleses
hicieron presa en Gibraltar, las tierras aledañas a Punta Carnero se
poblaron con colonos que plantaron viñedos desde el
arroyo del Lobo a la cañada del Peral y por las noches,
cuando la primavera llenaba de oro los jérguenes y de
lapislázuli los brezos del monte, las cortijadas se
llenaban de aires de fiesta y alegrías campesinas.
Pero los acantilados de Punta Carnero saben también
viejas historias de la guerra entre los hombres; de barcos
hundidos por la metralla, de náufragos desesperados y
ateridos alcanzando sus playas de roca viva en medio de la
desesperación y el miedo.
Hoy constituye uno de los espacios
privilegiados dentro del parque natural del Estrecho. Sobre sus aguas
no es difícil contemplar la presencia de abundantes aves
marinas durante las cuatro estaciones del año, y, en
determinadas fechas, el avistamiento de aves migratorias constituye
uno de los espectáculos más llamativo de la vida
animal en el sur de Europa. Este punto, donde la bahía
de Algeciras se abre a las aguas del Estrecho, es santuario de
algunas especies marinas de tanta relevancia y en tanto peligro
de extinción como pueda hallarse el propio lince. Es, por
ejemplo, el caso de la patella ferruginea, un tipo de lapa que
se merece todos nuestros respetos.
Sobre la tierra destaca desde el mar la
enhiesta silueta del faro de Punta
Carnero, un edificio antiguo que
domina las aguas, y contribuye con sus haces de luz a dar
seguridad a los navegantes, a los que desde 1874 les advierte
de los peligros de la costa y les señala un puerto de
refugio ante los malos vientos, las tormentas y los temporales.
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