la
ballenera
Nunca fue considerado parte del patrimonio
local, ni falta que le hizo, aunque su presencia siempre fue
capaz de hacernos imaginar historias de otros tiempos y
trasladarnos a otros llenos de emociones, sólo
localizables entre las páginas de las novelas de
aventuras. Historias de cuando los hombres vivían
pegados al mar, del mar y contra el mar. Hoy, cerrados al Oeste por un
farallón de roca viva en el acantilado más
meridional de la península Ibérica, los restos
arquitectónicos de la vieja, ruinosa y olvidada
factoría ballenera de Getares aún se reflejan
sobre la mar mansa del levante como decorado polvoriento de un
tiempo que solo forma parte de la leyenda.
Balleneros del Sur, oteando los horizontes azul cobalto del Estrecho
tranquilo, en primavera y verano. En esos amaneceres quietos en
los que la mar se torna oro liquido y pueden oírse las
zambullidas de los delfines y los impactos de los peces luna
sobre la superficie del mar, buscaban a lo lejos --en las
aguas en las que el Atlántico se deshace de las tierras
que lo comprimen en las bocas del Estrecho-- el surtidor de
agua de cachalotes, cuyo ámbar gris era tan apreciado en
el mercado de la perfumería; el de los rorcuales o el de
las ballenas, cuya grasa se transformaría después
en aceite en las instalaciones fabriles, de las que aún
se conservan, corroídos por el tiempo y el salitre,
restos de raíles oxidados que se pierden desde tierra
hacia el profundo mundo submarino. Hace ya mucho tiempo que
dejo de oírse: ¡¡ Por allí resopla!! y que
los engranajes, cadenas y mecanismos de la factoría
dejaron de moverse y cesaron de izar los enormes corpachones de
los cetáceos muertos por las rampas chorreantes de
sangre y mar salitrosa. Hace ya mucho que se acabaron los
tiempos en los que en estas aguas los hombres cazaban ballenas
a punta de arpón de acero. La ruina económica de la
actividad trajo consigo el abandono de la factoría que,
poco a poco, fue siendo devorada por la herrumbre, las
telarañas y el abandono y el de las casas de los
patronos que, situadas en la parte más alta del
acantilado, al otro lado de la carretera que conduce a Punta
Carnero, debió disfrutar en los buenos tiempos de una
vista inigualable sobre el paisaje de una bahía prácticamente
en estado virginal.
La vieja ballenera se ha convertido hoy en
un lugar al que acuden pescadores que con sus cañas
erizan los viejos muros de hormigón a la espera de un
buen lance; un espacio de encuentro de familias que, los fines
de semana, buscan refugio entre sus piedras para pasar el
día entre baños de mar, arroces elaborados con
madera de deriva o contemplando el lento pasar de los veleros
que costean la bahía buscando la salida al mar abierto.
Es también espacio preferido por submarinistas ansiosos
de encontrar entre las rocas
blancas y planas de su fondo,
algún tesoro hundido en forma de colmillo de cachalote
tallado por la punta del cuchillo de un ballenero. Las
estrellas de mar, los erizos, las anémonas tapizan los fondos de roca
y sobre los arrecifes correlimos, gaviotas patiamarillas y
cormoranes extienden sus alas a secar, mientras los
cetáceos surcan las aguas del Estrecho en paz con los
hombres. Ahora los humanos solo nos acercamos a ellas para
admirar su belleza y el atractivo de sus enormes cuerpos como
islotes en el mar.
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