Torre del Fraile, de Los Canutos, o de Cala Arena PDF Imprimir E-Mail

Torre del Fraile, de Los Canutos, o de Cala Arena

Abajo rompe la mar con fuerza de temporal y salta, hecha miles de añicos de espuma, sobre rocas enormes desprendidas desde el acantilado. Recortándose sobre el cielo --azul cobalto, unos días; gris denso, como el plomo, otros-- los restos de la torre siguen vigilando, después de tanto tiempo, la línea del horizonte marino que cierran las montañas azules del Atlas marroquí. Se levantó para otear los mares; para dar señal del avistamiento de las naves enemigas y aviso de que sobre las aguas del Estrecho navegaban berberiscos, o andaluces musulmanes en el exilio, o albaneses o turcos que se buscaban la vida andando al corso en la mar maldita que fue el Mediterráneo Occidental y las costas del estrecho de Gibraltar en los últimos siglos de guerras por Dios y por el Rey. Cada vez que los torreros oteaban las velas de cuchillo de los jabeques de Argel o de la república independiente corsaria de Salé --velas como aletas de marrajos sobre la superficie azul del mar-- o el estandarte de guerra inglés se encendían fuegos que daban aviso a otras torres y, desde ellas, a las ciudades, entonces amuralladas, en las que se cobijaban los escasos pobladores que se atrevían a pernoctar fuera de la protección de los muros castrales, a riesgo de perder hacienda y libertad.
A sus pies, erizado de arrecifes, han venido a morir buques enormes, cuyas cuadernas quedaron empotradas entre muros de anémonas y sus puentes convertidos en refugio submarino de peces y residencia de moluscos y estrellas de mar. También ha contemplado el pavor de los hombres frente a la muerte vista cara a cara y ha oído, no hace tanto, los lamentos de náufragos ateridos llegados de la otra orilla a los que el oleaje arrastró sobre los escollos y las playas de piedra, hundiendo para siempre sus sueños e ilusiones de una vida mejor.  
Frente a la torre del Fraile desfilaron flotas cargadas de hombres que iban o volvían de guerras en tierras lejanas que no conocían. Ahora, en plena ruina, sus principales enemigos son los vientos del sudeste, los aguaceros que se dejan caer sobre sus sillares cansados, los rayos imprevisibles que, alguna que otra vez, la han amenazado de lleno y las raíces de los jérguenes y lentiscos que socavan la tierra sobre la que se asienta. Pero de todos, es el olvido de los hombres, y su desidia, la mayor amenaza y la más grande de las penas.
Caminantes enamorados de rutas perdidas, amantes de la naturaleza indómita que aún perdura por esos lares sureños, ornitólogos nacionales y extranjeros, pescadores de caña, que la admiran desde abajo; románticos incorregibles, entusiastas del silencio y amantes de los paisajes que cambian cada estación, cada día, cada minuto, son asiduos compañeros de la vieja torre roída por el tiempo.
Incluso algún poeta, trasnochado y anónimo, se atrevió a decir de ella cuatro líneas de amor, repletas de nostalgia:
Torre de Cala Arena
torre del Fraile.
Entre la mar y el cielo.
Torre del aire.
Mario Ocaña
 
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