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Manuel Fernández Mota y la Bahía perdida.-
El Campo de Gibraltar todavía no ha tributado el homenaje que merece la obra de Manuel Fernández Mota, nacido en Sayalonga hace setenta años y avecindado de antiguo en el Campo de Gibraltar. Todavía tenemos tiempo para no arrepentirnos colectivamente de semejante olvido si el pasado19 de abril, durante la inauguración de la Casa de la Cultura que lleva el nombre de Leopoldo de Luis en Jimena de la Frontera, no faltó quien recordase que quizá dicho reconocimiento era tardío por cuanto era póstumo.
La peripecia biográfica de Fernández Mota le encuadra, desde luego, en el heroísmo que marcó a su generación: infancia campesina y humilde, casi sin estudios, concluyó el bachillerato y el magisterio cuando ya superaba la cota de sus treinta años. Para entonces, ya había fundado junto a su esposa Isabel, una larga familia en la que descuellan los nombres de Manuel Carlos Fernández, un pertinaz cineasta precozmente desaparecido, y de Pablo Antonio Fernández, poeta y catedrático de Derecho Internacional en la Universidad de Sevilla. Juntos, supieron sobrevivir a las estrecheces y aún tuvo tiempo para fundar, en la miope Algeciras de los años 60, el grupo poético “Bahía” junto a Daniel Florido y a Antonio Sánchez Campos.
Resulta lamentable, a estas alturas, que las instituciones en quienes depositó su legado dejaran morir tanto la revista como el prestigioso premio que llevaron ese mismo nombre: una nueva muestra de esa desidia campogibraltareña que tanto ha marcado nuestra historia.
En paralelo a todo ello, Fernández Mota fue creando una obra lírica que participa de elementos propios de la llamada poesía social y de cierta metafísica, a través de títulos tales como “Los muñecos de Prometeo” y “Las horas maduras”, dos de sus cumbres literarias. Pero también participa su esfuerzo creativo del ensayo histórico, de la divulgación e incluso de una narrativa mucho más desconocida y entre cuyos títulos figura una novela titulada “La última isla”, que su hijo Manuel Carlos Fernández pretendió llevar a la gran pantalla.
Sin embargo, los rumbos artísticos de Fernández Mota también le acercaron a la fotografía y a la pintura, como demuestra su reciente exposición celebrada en Algeciras a beneficio de la Cruz Roja. Cualquiera diría, con razón, que su talante apunta a la curiosidad humanista del Renacimiento. Lo sorprendente es, en este caso, que sus paisanos contemporáneos no tengan la misma curiosidad por brindarle el reconocimiento que a todas luces merece. Y que no sería tanto su nombramiento como hijo predilecto de Algeciras o de la comarca, sino que se haga todo lo posible para que el nombre de “Bahía” no desaparezca con él.
Juan José Téllez
María Luisa Rondón, una voz por partida doble
En plena madurez artística y personal, la tonadillera algecireña María Luisa Rondón acaba de publicar un doble CD en el que regala una voz trabajada de forma autodidacta y una vocación que ha mantenido a sangre y fuego, fuera de los círculos profesionales.
Su repertorio rescata ahora algunos de los títulos clásicos de la copla, intensos melodramas en tres minutos en el que abundan los temas taurinos como Paca Mora o Romance de Valentía, con clásicos como Mañana sale y composiciones de nuevo cuño como la inolvidable María La Portuguesa, de Carlos Cano, o Y nos dieron las diez, aquella canción con que Joaquín Sabina y Los Secretos se retaron a crear dos temas diferentes con un mismo comienzo. La versión de María Luisa es tan respetuosa con el original como con la interpretación que popularizara Rocío Dúrcal, añadiéndole un indiscutible sello personal que prima tanto en el primer disco, dedicado íntegramente al repertorio coplero como en el segundo, en donde apuesta por aproximaciones al ámbito flamenco a través, fundamentalmente, de los tanguillos, las rumbas y, sobre todo, las bulerías. A la manera de la inolvidable Gabriela Ortega, María Luisa Rondón incorpora también la declamación de tres poemas, Fiesta en el cielo, La voz de la sangre y La profecía.
En la excelente factura del disco, manda desde luego la mano experta de otro algecireño, Chico Valdivia --productor, por ejemplo, de Diana Navarro--, y el buen gusto y talento de Salvador Andrades. En los créditos, también figura Francisco Javier González como técnico de grabación y percusionista, así como las palmas de Luisa y Macarena Andrades. La edición también se beneficia de unas espléndidas fotografías de Héctor Gázquez, a cuya mujer Cinthia también incluye la intérprete entre sus agradecimientos: “Tu ilusión --escribe ella en el interior de la carátula-- es un trabajo realizado con el propósito de cumplir el antiguo deseo de mi marido, que siempre soñó con dejar un mensaje y un recuerdo a mis nietos, hijos, familia y amigos, de amor y raíces de nuestra música andaluza. Para ello ha movido cielo y tierra hasta conseguirlo”.
Cantante en la intimidad familiar o en las fiestas de amigos, María Luisa Rondón se ha dejado ver con cierta frecuencia en público, sobre todo en actos sociales de algunas entidades algecireñas como el casino, en festivales benéficos o como excepcional saetera durante los desfiles de Semana Santa. Y aunque ha realizado algunas grabaciones aisladas, su público --que lo tiene-- le requería un disco con mayores ambiciones, como el que ahora presenta y en el que también ha tenido mucho que ver su hijo Alfredo, con el que canta a dúo dos temas. Ojalá la distribución de esta obra esté a la altura de su contenido.
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Juan José Téllez
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