el
tercer nacimiento de rafael viso
Algunos de los suyos, ilustres caballeros
de la noche, me llaman para preguntarme por qué parece
que Fali Viso no tenga quien le escriba. Su muerte, al margen de
algún que otro entrañable suelto, ha pasado
prácticamente desapercibida para la Galaxia Gutemberg, a la
que dedicó buena parte de sus días. Quizá
lo cierto sea que él mismo escribió la ruta de su
vida, aunque fuera con renglones torcidos, como Dios.
A mediodía del jueves 15 de enero,
sus cenizas eran esparcidas en torno al faro de Punta Carnero por
familiares y amigos que recordaron una intensa peripecia vital
que le llevó a sobrevivirse a sí mismo: “La
muerte de José Luis me dará más fuerza
aún para que, dentro de no mucho, podamos celebrar lo
que tú sin duda llamarás 'tercer nacimiento de
Rafa”, me escribió con motivo de la muerte de
nuestro común amigo Tobalina, con el que todos
compartimos un último recital poético en
septiembre y en la plazoleta de San Isidro.
Tenía su razón de ser lo del
tercer nacimiento de Rafa: nacido en Ceuta, creció en Algeciras y
caminó pronto con Lou Reed por el lado salvaje de la
vida. En tiempos convulsos, formó en las filas de los
jóvenes que galoparon en aquello que Miguel Ríos llamó
un caballo llamado muerte. Hace quince años,
salió como una persona nueva de la comunidad Girasol, en
Arcos de la Frontera: alejado de los paraísos
artificiales, se reconstruyó a sí mismo y su
propio mundo, aunque es probable que los fariseos al uso no le
perdonasen nunca ni sus errores, que fueron muchos, ni sus
aciertos, que más de uno hay que anotarle en cuenta.
Por ejemplo, sus artículos en
Europa Sur y en El Faro de Algeciras, que terminó
recopilando el pasado año bajo el título de Destierros, tintas y mástiles, en un libro editado por la Fundación
Municipal de Cultura José Luis Cano, de Algeciras, que
todavía tiene que estar disponible. Agrupaba textos
escritos entre el 13 de marzo de 1997 y el 1 de septiembre de
2004, como una especie de bitácora de su propia
resurrección: “Aprendí que es mil veces
más interesante un minuto de mi presente que cuarenta años del pasado de otro”, escribía
entonces. No se trataba, en todo caso, de uno de esos consejos
habituales de los libros de autoayuda sino de una receta
personal de aquel que conoce aquello de la paja en el ojo ajeno
pero que al mismo tiempo sabe que quien no se respeta a
sí mismo siempre le costará trabajo respetar al
resto del mundo.
Durante los últimos años de
su vida, Rafael Viso intentó salir a flote como pudo. Lo mismo
trabajó como corresponsal de El Mundo que como agente
comercial de esta guía de ocio, que como presentador de
la televisión local de Los Barrios o como redactor de
algún que otro libro de lujo sobre la historia local. Pero lo
mejor de sí mismo sigue vivo en esas otras palabras, en
ese raro rincón en donde el periodismo y la literatura
no resultan territorios antípodas. Allí, en el
vértigo de una columna, transcurren secuencias en blanco
y negro, letras de Serrat y olor a brea, fotos ocres del pasado e
intuiciones del porvenir.
Ahí, en esos artículos que
no sólo pueden leerse en las hemerotecas sino en las
páginas de ese libro recopilatorio, acecha en cada
mirada el tercer nacimiento de Rafael
Viso.
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