migas al
revés
(Casi reciclado,
2ª parte)
Hace ya unos fines de semana tuve el
placer de asistir a la presentación del libro Cocina y gastronomía en el Cádiz
de las Cortes, del
algecireño (aunque con doble militancia) Manolo Ruiz Torres,
una magnífica incursión por una época que,
aunque mitificada, merece un acercamiento cuanto menos como el
que realiza nuestro amigo Manolo, que no sé qué
hace mejor, si comer o escribir. Y, además,
contamos (no es plural mayestático, es que fui con mis
hijas Marta y Rebeca y con mi hermano Javi) con el placer de degustar algunos de los
platos de la época. Curiosamente, uno de ellos se
corresponde con algo que quiero preparar, aunque con ligeras
variantes; allí se nos obsequió con unos ostiones
en un rebozado tradicional y yo quiero prepararlos en
tempura y menos tiempo en el aceite. Además, creo que el
macerado previo en limón que le dieron no ayudaba en nada, pero eso
es opinable, obviamente.
El caso es que el libro en cuestión
es altamente recomendable puesto que, además de
ilustrarnos, nos deleita, cosa no fácil en los
días que corren.
Además, elaboraron unas migas
interesantes, de las que quiero dar una variante curiosa y
exprés. ¿Y por qué curiosa? Pues
porque el engorro de las migas consiste en partir pacientemente
el pan y remojarlo hasta que adquiera humedad y consistencia
adecuadas… pero no, ¡vamos a usar pan rallado! No es
pan de pueblo, lo sé, pero vais a ver cuán
curioso queda a la par que de lo más comible.
Como hablamos de reciclar, supongamos que
estamos en casa, que vamos a almorzar y no tenemos nada o casi,
porque exploramos nevera y despensa y vemos un par de chorizos, unos pimientos que
empiezan a decaer en soledad, unos ajos… un arsenal
nuclear en potencia, y vamos que nos vamos.
Para empezar, supongamos que somos cuatro
a comer. Se cogen dos cabezas de ajo enteras y se les da un
corte a cada diente, se echan en la sartén con aceite
para cubrir el fondo y un poquito más, al gusto. Fuego lento, que no
queremos que se quemen y amarguen. Cuando estén
blanditos los sacamos y echamos dos o tres pimientos verdes en
tiras y repetimos el proceso. Luego, cogemos dos chorizos
buenos (mejor ibéricos), los troceamos y dejamos que
suelten su juguito, sin dejarlos secos del todo. Creo que con
esto nos ahorramos el pimentón, pero si a alguno le gusta
añadirlo… Los sacamos también. Ahora
simplemente cogemos un sobre de 500 gramos de pan rallado y lo
vamos echando en la sartén con el aceite caliente,
cuando esté echado, ahora (sí ahora) le
incorporamos el agua con cuidado. Veremos que empieza a hacer
grumos grandes. El proceso ahora es simple, con un tenedor grande de
madera vamos haciendo trozos poco a poco, del tamaño que
nos apetezca, y vamos dejando que se doren conforme vayan
perdiendo la humedad hasta que queden como nos dé la
gana. A mí me gustan crujientes, casi fritas (de hecho
yo antes no las tomaba porque me las ponían muy
húmedas, hasta que un día en Granada las probé
como la Física
Cuántica manda). Y ya
sólo nos resta mezclar chorizos, pimientos, ajos y migas
con ternura y sabiduría y hasta freír un hermoso
huevo que quedará en lo alto del plato como las ya casi
desaparecidas nieves del Kilimanjaro, pero en rústico.
Por cierto, a las migas que prepararon
en la degustación le dieron un toque interesante
agridulce con trocitos de calabaza fritas y enmeladas, al gusto
también. Pero sí, muy interesante.
Para beber, por favor, un buen tinto y, eso
sí, al que se le ocurra sopear esto que me mande un
correo, que creo que tiene un problema.
|