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castillo de tarifa

Su mole pétrea se levanta sobre un promontorio costero desde el que se domina el esplendido paisaje --en gamas de azules variados-- de la costa norte del África que comienza al otro lado del Estrecho. Sólo un poco más allá de la espuma que levantan los vientos y las estelas que dejan los barcos por la popa. Sus almenas, ahora, sirven de oteadero a las gaviotas patiamarillas que desde la altura contemplan el tráfico de catamaranes que unen en un santiamén los dos continentes que la mar separa y el deambular de turistas variopintos que llenan las calles del casco intramuros de la antigua ciudad de Tarifa. Ya no deambulan por sus adarves guerreros armados con cimitarras, ni soldados de los tiempos de las guerras que trajo Napoleón hasta este sur pacífico, que también los hubo, porque la guerra es ocupación humana que viene de lejos. Es ahora, perdida sus funciones de instrumento de guerra y vigilancia, un enorme edificio, silencioso y manso, que se alza sobre las tejas del caserío, sobre las espadañas de las iglesias góticas, cansado, quizás, de ser baluarte de frontera entre mares, vientos y continentes y deseoso de convertirse en un futuro que ojalá no sea excesivamente lejano en foro de encuentro de personas, culturas y pueblos.
El castillo de Tarifa, el más antiguo de los levantados por los musulmanes en la península Ibérica, atesora en su memoria de piedra los cantos del imán en las mezquitas, los recuerdos de velas de cuchillo cruzando el canal desde todos los puntos de la rosa de los vientos, el olor áspero de la pólvora y los gritos de hombres al degüello. Su pérdida supuso para los musulmanes, cuando el siglo XIII se apagaba, el principio del fin de Al-andalus.
Azotado por los vientos inclementes, sus torres, que antes lamía la mar, permanecen silenciosas en los atardeceres, recorridas por visitantes curiosos, sorprendidos por el telón de fondo que se contempla al otro lado, mientras en el interior se restauran techumbres, se repellan paredes y se descubren dibujos y decoraciones perdidas, mensajes de otros tiempos que el tiempo mismo ha conservado de milagro y a pesar de la mano del hombre. Su recuperación permitirá apreciar en toda su amplitud, no sólo los elementos arquitectónicos propios de la técnica constructiva califal, si no también los del mundo tardomedieval y renacentista cristiano que asimismo dejó su huella --y no menos importantes-- en las instalaciones interiores .
El castillo de Tarifa, al que algunos llaman “de Guzmán”, aquel héroe, épico señor de la guerra que antepuso la fidelidad al rey al amor a su hijo --según cuentan las crónicas-- es uno de los elementos patrimoniales más importantes de este espacio peculiar que conforma la frontera sur de Europa, símbolo vivo del dialogo de culturas y civilizaciones que a lo largo del tiempo se han establecido en los márgenes del Estrecho y seña de identidad de la ciudad más meridional de la Península.
Mario Ocaña
 
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