hospital de la caridad
No era uno de los lugares que más nos gustaba visitar cuando éramos niños. Si íbamos, casi nunca lo hacíamos por nuestro propio pié y, de hecho, creo recordar que siempre manifesté una tenaz –violenta– resistencia a dejarme arrastrar a aquellos aposentos de techos altos y habitaciones largas y encaladas. En los lejanos tiempos en los que la tecnología de los juegos infantiles se reducía, en el mejor de los casos, a una pelota, un caballo de cartón, un carrito hecho con rodamientos, un aro de alambre o al juego del escondite, aparecer por las puertas del Hospital de la Caridad era sinónimo de sufrimiento, puntos y sangre derramada por un porrazo, un patinazo o una pedrada, recibido casi siempre de un buen amigo con el que, por su supuesto, nunca rompíamos la relación. Eran cosas del juego. Del oficio de ser niño en un pueblo chico, casi blanco y marinero. Hoy por ti, mañana por mí. Los juegos entonces no eran virtuales y sus consecuencias tampoco. Siempre que paso por la puerta de lo que hoy es la Fundación José Luis Cano se me viene a la cabeza de golpe el olor inquietante del alcohol, el tacto suave de las vendas y el recuerdo nebuloso de las camas blancas de hierro, las batas blancas de los médicos y practicantes y las tocas blancas de las monjas. El viejo hospital, operativo hasta bien entrado el siglo XX, se fundó en el XVIII para atender las necesidades de una población creciente sometida a terribles mortalidades epidémicas y brutales. Donde hoy se llevan a cabo ciclos de conferencias, talleres de danza y exposiciones de pintura hubo hileras de camas llenas de enfermos, crucifijos en la paredes para ayudar al buen morir y mucho dolor y sufrimiento humano. Aunque igualmente donde ahora lucen pantallas de ordenadores y se escuchan canciones sonaron antaño los primeros cantos a pleno pulmón de los recién nacidos que abrían sus ojos a la vida entre aquellas vetustas paredes.
El edificio, uno de los más antiguos, más notables y mejor conservados en esta ciudad que tan poco ha respetado su patrimonio arquitectónico, se organiza en dos plantas principales en torno a un patio central, en cuyo centro se hallaba no hace mucho el brocal de un pozo hoy cegado y dispone de uno de los elementos arquitectónicos más elegantes de la ciudad, recuerdo de los buenos constructores del XVIII. La escalera que comunica la planta baja con la superior es magnifica. Realizada siguiendo el modelo previo de la levantada en el Hospital de Mujeres de Cádiz, recibe, por su magnificencia y trazado, el nombre de imperial o escalera a la imperiala. Quizás, por su valor, debería contar con una mejor iluminación que la destacara y realzara del antiguo conjunto hospitalario del que hoy forma parte.
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