franco a
bordo (iI)
Regresa mi entrañable de la
Comandancia cabizbajo y afligido después de haber
entregado el francobordo. Y al cuarto de hora se presenta un
marinero con un coche para llevarme a la Comandancia ante el
molletoso. Éste estaba hecho un basilisco echando
espumarajos
– Si no quieres caldo, ¡toma
tres tazas!-, me dijo en perfecto español en cuanto me
presenté a él.
Mi tovarich le había presentado un
documento que era obligado a todo barco con pabellón
rojigualda, pero que no tenía validez ante las
autoridades extranjeras, por mucho que se empeñara
nuestro gobierno en que así fuera. En el papel de
tamaño folio se podía ver lo siguiente: en la
parte superior el escudo de España con su águila
imperial, con su yugo, las flechas, el haz y la cinta del plus
ultra. Por debajo, en letras bastardas, Francisco Franco
Bahamonde, y más abajo en negrillas: Jefe del Estado
Español. Y luego: Por el presente documento concedo
permiso al motopesquero “X” folio tal de la lista
3ª del puerto de Algeciras y de tal eslora, manga y
puntal, para que pueda navegar por todos los mares y atraque en
todos los puertos del globo terráqueo... Y mando a los
capitanes generales, almirantes, comandantes de marina,
capitanes de puerto, comandantes de buques de guerra y
demás autoridades civiles y militares, no le pongan
impedimento alguno, antes bien, les faciliten y auxilien en
cuanto necesiten... A cuyo fin ordeno despachar esta Patente.
Dado en Madrid a tal y tal del año mascual. Abajo y a la
derecha, según se mira el documento, la firma del
Caudillo.
Me reservo los rayos, culebras y centellas
que expulsó nuestro italiano al leer aquello.
-¡A mí, ni me ordena ni me
manda ningún cornutto!
Esta frase solo fue un piropo si la
comparamos con los demás exabruptos.
Para más Inri, nuestro Rasque, al
abrir la revista, que era deportiva, para entregar al nota el
documento, dejó sobre la mesa del despacho como el que
no quiere la cosa, la dicha revista abierta por donde se
podía leer, en letras gordas, que España le
había ganado a Italia por 2 a 1 en eso del
fútbol. El encuentro se había celebrado unos
quince días antes (20-02-71) en el mismísimo
estadio de Cagliari.
Mandaba güebos nuestro Rasque.
–¡Porca la madonna!–
escupió más que dijo el punto filipino al leer el
encabezamiento de la atrasada revista deportiva.
El comandante estaba en Roma, según
dijo el 2º, por asuntos burocráticos... y
regresó al día siguiente. Puesto al habla con
él observamos que era un hombre compresivo y dispuesto a
allanarnos el camino, en este caso la navegación. Este
comandante, que en nuestra Guerra Civil fue cabo del
ejército fascista de Mussolini, era uno de los que
entraron cuando la toma de Málaga a sangre y a fuego.
Nos entregaron toda la
documentación, con el ruego de que saliéramos al
amanecer del tercer día, pues la mar, aunque estaba
amainando seguía embravecida. Si no hubiéramos
pasado por esta peripecia, hubiésemos salido de puerto
veinte horas antes y las madresmías y lamentaciones las
hubiésemos sufrido en las entrañas del Mare
Nostrum. De ahí el refrán: No hay mal que por
bien no venga.
Con proa a nuestra península y
más calmada la mar, el viento y los ánimos,
pregunté a El Rasque en plan recriminatorio:
–¿Cómo se te ocurrió meter aquel
documento, que no era el francobordo, además entre las
páginas deportivas donde había fotografías
del encuentro de fútbol?... ¿Es que no
había más páginas u otra revista que no
fueran deportivas?
–Estibar el documento entre las
páginas de la revista fue una joía
casualidá, tovadí Dafalico... En cuanto el
documento en sí... ¿no me dijiste que cogiera el
Franco a bordo?
Mi entrañable amigo había
puesto en manos de aquel energúmeno la Patente de
Navegación que todo barco español llevaba, y no
el Francobordo ¿Lo hizo mi tovarich adrede, sólo
por darle por cu...a aquel macarroni? ¿Actuó como
un pardillo? Sólo él y su Virgen del Carmen lo
sabrían. Aunque El Rasque jamás me confesó
la verdad, tenía fundadas sospechas de que fue en
venganza por todas las fanfarronadas que echó el andobas
italiano cuando dijo que se había pasado por el arco del
triunfo a infinidad de infelices españolas acuciadas por
el hambre.
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